Historias del Crimen

Don Zacarías, el puestero asesinado y enterrado en el corral de su rancho en 25 de Mayo

Tenía 76 años y desapareció el 21 de septiembre de 2009. A los días encontraron su cadáver, tenía la cabeza destrozada y estaba envuelto en una lona. Aunque hubo sospechosos, nunca esclarecieron ese brutal crimen.
domingo, 27 de junio de 2021 · 11:21

Fue un lunes que corrió mucho viento en los desolados parajes al Este de 25 de Mayo. Esa tarde, un vecino vio a lo lejos a Don Zacarías arriba de su mula, arreando sus cabras rumbo a un bebedero. Algo rutinario en el duro oficio de esos hombres de campo. Lo que el pronóstico no decía, era que ese sería el último día que verían con vida al viejo baqueano.

Hasta ese momento nadie echó de menos al puestero de 76 años. Zacarías Azcurra era riojano, vivía solo. Era todo un patrón en las inhóspitas tierras alrededor de su puesto llamado “El Hachador”, a 7 kilómetros al Sureste de la ruta nacional 20 y a 50 de la localidad veinticinqueña de Las Casuarinas. El que notó su ausencia fue un veterinario, que a media mañana del martes 22 de septiembre de 2009 pasó por la propiedad del veterano.

Lo primero que le extrañó fue que la mula estaba a 800 metros del rancho, entre unos matorrales adonde sus riendas se habían engañado. Resultaba curioso, el animal permanecía ensillado. El perro andaba por allí, pero no veía señales de Don Zacarías. El médico gritó llamando al anciano, pero éste no respondió. Entró a la casa y nada. Todo se hallaba, supuestamente, en orden. Caminó por los alrededores, tampoco lo encontró.

Hallazgo. Los puesteros en el lugar donde encontraron el cadáver del anciano. Foto publicada por Diario de Cuyo.

Estuvo un rato buscándolo y tanto silencio empezó a preocuparlo, de modo que abandonó el puesto y salió a buscar ayuda. El miércoles ya andaban buscando a Don Zacarías por el campo. Los policías de Las Casuarinas, al mando del entonces subcomisario Rogelio Benegas, sospechaban que algo andaba mal. Por supuesto que lo mejor era pensar que el anciano estaba perdido, pero las señales que encontraron en el rancho abrían serios interrogantes.

El misterio

En compañía de los conocidos del anciano revisaron la casa y, el hecho de que casi todo estuviese intacto, tranquilizaba, pero a la vez también generaba intriga. Lo único que faltaba era una escopeta, un revólver, un puñal y un cuchillo. Es verdad, Don Zacarías salía siempre con su escopeta sujetada a la montura, el revólver y algún cuchillo en la cintura, pero jamás se iba lejos sin su perro ni su mula.

¿Y qué si hubiesen entrado a robarle? Pero muchas de las pertenencias del abuelo estaban, en especial sus bienes más preciados: dos aperos revestido con detalles de plata. La pregunta era dónde estaba Don Zacarías. Los rastros confundían y en la inmensidad del campo se hacía difícil saber qué dirección tomar.

Un puñado de diez policías y veinte baqueanos se internaron por distintos sectores de ese terreno tan hostil. En la nada misma, en ciertas partes con médanos, con algún que otro algarrobo y la escasa vegetación. Anduvieron horas y horas bajo un sol que castigaba ese peregrinar sin rumbo. Con el peligro de que pudieran extraviarse ellos mismos. Hasta el helicóptero de la Gobernación recorrió esos parajes, pero Don Zacarías no aparecía.

Fueron tres días de búsqueda. La mañana del viernes 25 de septiembre de 2009 empezaron a prepararse para partir de nuevo. En eso arribó Rolando Quiroga, vecino de El Encón y funcionario municipal en ese momento, que llegó con mercadería para colaborar con los rescatistas. El hombre se acercó a uno de los corrales y, sin querer, su vista se clavó en un lugar donde la tierra parecía removida. Caminó hacia allí y notó que la superficie estaba blanda. Obvio que se sorprendió y avisó al subcomisario Benegas, que de inmediato ordenó que cavaran en ese punto.

Macabro hallazgo

El espanto los sacudió en esos instantes. Entre la tierra asomó una mano. Después, el resto del cuerpo del anciano envuelto en una lona tipo carpa. Era el cadáver de Don Zacarías, cuyo rostro y parte del cráneo estaban destrozados. Tenía toda su ropa, pero le faltaba la billetera. Las heridas y la forma en que lo encontraron no dejaban dudas de un brutal asesinato. La impresión era que lo habían matado a golpes.

Esa fue la presunción. La autopsia reveló otra cosa. Las heridas que presentaba en la cabeza habían sido producidas por los perdigones de un disparo de escopeta. Seguramente con la misma arma de la víctima.

Escenario. Otra imágen de sitio donde encontraron el cuerpo. Foto de Diario de Cuyo.

La hipótesis del robo nunca se descartó, pues faltaban sus cuchillos, las armas de fuego y la billetera del anciano. Decían que días antes de su desaparición había cobrado su pensión. Aun así, persistía la teoría de un crimen por otros motivos. Un ladrón cualquiera podría haber abandonado el cadáver en el mismo sitio del asesinato, pero no. Se tomó el trabajo de cubrirlo y enterrarlo en el corral para borrar huellas. Por otro lado, sólo las personas de la zona llegaban hasta ese lugar tan alejado.

Los policías averiguaron y supieron que un joven puestero del paraje “El Refugio”, distante a 9 kilómetros del rancho de Azcurra, tiempo atrás tuvo un incidente con el anciano. No era el único. Los pobladores contaron que el muchacho había tenido problemas con otros puesteros.

Un “endemoniado”

El mismo viernes se adentraron al campo y detuvieron al sospechoso, identificado como “El Fali” Castro, de 23 años. Cuando llegaron, éste les dijo: “Ah…Ya sé, ¿me vienen a buscar por lo de las mujeres?”, contaron los uniformados. No entendían a qué se refería. En realidad, todo era raro en él. Vivía solo, no criaba animales y de vez en cuando trabajaba haciendo changas para los vecinos.

Se hablaban muchas cosas de “El Fali”. Los otros puesteros decían que estaba “endemoniado”, que lo veían deambular por las noches en su caballo, que espantaba a los animales de sus vecinos o se paraba en medio del campo con la mirada perdida. Incluso relataban que sus familiares lo llevaron a hacer ver con curanderas y practicaron ritos para exorcizarlo.

El muchacho no estaba bien. Por ratos tenía momentos de lucidez en los que afirmaba que conocía a Don Zacarías, pero no sabía qué le había sucedido. A veces se abstraía. No dormía y pasaba horas de pie frente a la pared del calabozo de la comisaría de Las Casuarinas. El subcomisario Benegas luego contó que su madre explicó que padecía esquizofrenia, que estuvo internado y en tratamiento por sus problemas psiquiátricos.

Igual no había nada contra él, más allá de ese comentario sobre un presunto cruce con Don Zacarías. El anciano también era de carácter fuerte y comentaban que en sus años de juventud tenía fama de matón. Lo cierto es que en la casa de “El Fali” no encontraron las pertenencias del fallecido ni otros indicios que lo vincularan al asesinato.

Sin pistas ciertas

Por esos días también detuvieron un joven de apellido Calderón y a su padrastro, un tal Ochoa. Es que ambos visitaban seguido al anciano. Sospechaban que podrían haberlo atacado por algún mal entendido u otro problema. Pero esa hipótesis se desvaneció y tuvieron que liberarlos. Lo mismo que al “Fali” Castro. Sin pruebas en su contra, no podían acusarlos de nada.

Las semanas pasaban y la investigación de la Policía y del juez Agustín Lanciani, del Segundo Juzgado de Instrucción, entró en un camino sin retorno. El único familiar que tenía Zacarías Azcurra era un hermano que vino de La Rioja, pero pronto se marchó y no hubo quién reclamara por el esclarecimiento del asesinato.

El asesinato de Don Zacarías Azcurra sigue impune. “Pasan los años y queda la deuda por no haber podido encontrar a su asesino. Quizás si hubiésemos tenido más tiempo para investigar, a lo mejor lo resolvíamos. Pero todo era complicado. Al ser un lugar tan retirado y no contar con los medios, todo se hizo más difícil”, explicó Rogelio Benegas, quien hace años se retiró de la Policía de San Juan con el cargo de comisario.

A casi 12 años, el caso del brutal crimen del puestero de 25 de Mayo es sólo un recuerdo. Él o los asesinos quizás andan por ahí. O alguien guarda un secreto atroz o no contó todo lo que saben. Porque existe la certeza de que el autor del homicidio es una persona de campo o un conocido de Don Zacarías.

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