Historias del Crimen

El brutal asesinato en una cantera de Sarmiento por la disputa de una perra

Sucedió en un paraje alejado de Cienaguitas. Dos vecinos y compañeros de trabajo discutieron y uno mató a otro de una manera salvaje. Sucedió en 1982.
domingo, 20 de junio de 2021 · 08:58

Se conocieron discusiones por motivos de deudas, malos entendidos, engaños y de puro borrachos nomás, pero pocas veces se vio que la piedra de la discordia haya sido por una mascota. Una perra que pertenecía a un hombre y que en ocasiones se iba a la casa del vecino. Lo increíble fue que un hecho tan cotidiano, dio origen a una disputa y a encontronazos que derivaron en un brutal asesinato allá por 1982 en el predio de una cantera en un paraje alejado de Sarmiento.

Es probable que ese animal, que quién sabe cómo se llamaba, era solo la excusa de las vidas mal llevadas de esos vecinos y compañeros de trabajo de una pequeña cantera de mármol del paraje Los Potrerillos, en Cienaguitas. Allí, donde la única compañía entre los pocos mineros que vivían a los pies de esos cerros de Sarmiento, parece que era esa perra.

Así lo sentía Eleuterio Saravia, un solitario obrero de 48 años que tenía su rancho en proximidades de la cantera y que criaba celosamente a ese animal. En el mismo paraje también vivía Bernardino Codocea, el vecino que de vez en cuando daba de comer a la perra en las ocasiones en que aparecía por su terreno. Más allá estaba la casita del chileno José Santos Rodríguez Torres, supuestamente “amigo” y compañero de trabajo de Saravia en la cantera de la familia Naumchik.

De pocas pulgas

La tranquilidad de esos duros hombres de la mina se rompió a fines de mayo o principio de junio de 1982. A Eleuterio Saravia, que tenía reputación de “pendenciero” y afecto al alcohol, empezó a no gustarle que su perra se arrimara seguido al rancho de su vecino Codocea. Este después contó que el animal se había “aquerenciado” con él y algunos días se quedaba en su casa. También relató que Saravia le pegaba a su mascota y la ataba para que no se marchara de su lado, pero cuando se soltaba, la perra volvía a su rancho.

La disputa no tardó en llegar. Un día se cruzaron y supuestamente Saravia reprochó a Codocea el querer adueñarse de su animal, entonces discutieron y se fueron a las manos.  El que salió perdiendo fue Saravia, que recibió un puntazo por parte de su vecino. A raíz de ese hecho, lo denunció en la Policía.

A Eleuterio Saravia no se le pasó. Andaba furioso por lo sucedido y se la agarró con el chileno Rodríguez Torres, su otro vecino y compañero de trabajo. La tarde noche del 11 de junio de 1982 se le presentó en la casa de este último y lo increpó. A lo mejor estaba borracho, pero de lo que no caben dudas es que llegó dispuesto a buscar pelea.

El ataque

El mismo lo reconoció. Contó que fue a ver a Rodríguez Torres para reclamarle por no haber intercedido con Codecea para que no recibiera a su perra en su casa. La charla no fue en buenos términos. El chileno le contestó molesto que no tenía nada que ver con el animal ni con el otro vecino y lo echó de su rancho. La discusión continuó y parece que se desafiaron a pelear.

Todo lo que se sabe fue a partir de lo que relató el propio Saravia. Según declaró, Rodríguez Torres se metió a su casa y salió empuñando un caño de hierro, dispuesto a pegarle. Es más, aseguró que le largó un golpe, ahí él se le fue encima y forcejearon hasta que le manoteó el hierro.

Su versión fue que le dio un primer golpe con el caño y dejó aturdido a su contrincante, pero éste no se frenó y amagó con abalanzarse contra él. Reconoció que, ante esa reacción, volvió a pegarle con más fuerza y lo tiró al suelo. Confesó que estaba tan fuera de sí y enloquecido, que una vez que lo tuvo indefenso en el suelo siguió dándole golpes en la cabeza con el hierro.

Saravia contó una parte. Afirmó que el chileno se quejaba de dolor cuando él optó por alejarse y regresar a su casa. Lo que no dijo fue que al lugar llegó Gabriel Hernández, otro vecino, que escuchó los gritos de la pelea y se acercó a ver qué sucedía. Ese hombre declaró que no presenció el ataque, pero encontró a Saravia en la casa de la víctima. Que éste se notaba furioso y descontrolado, y que lo echó de forma amenazante: “Andate, que te mato a vos también”.

Sin salida

Esa persona corrió y se refugió en un cerro. Al rato regresó y fue a buscar a Julio Naumchik, el dueño de la cantera, y juntos caminaron hasta la casa de Rodríguez Torres. Ya se había hecho de noche. El cadáver del chileno de 31 años permanecía en la entrada del rancho, tenía toda la cabeza destrozada producto de la salvaje golpiza.

Ellos dieron aviso a los policías del destacamento policial de Los Berros, que más tarde confirmaron que se trataba de un asesinato. Solo tuvieron que buscar a Saravia en su casa para detenerlo. Él mismo hizo entrega del arma homicida: un caño de hierro galvanizado de 53 centímetros de largo, de acuerdo a la causa judicial. La autopsia reveló que la causa del deceso de Rodríguez Torres fue por politraumatismo en la zona del cráneo. Es decir, a consecuencia de los golpes propinados con ese caño.

La acusación en su contra fue por el delito de homicidio simple. No hubo mucho que investigar, Eleuterio Saravia reconoció la autoría del crimen, pero aseguró que mató a su compañero de trabajo en defensa propia. En su relato, confesó que todo fue motivado por la disputa de su perra.

Todos coincidieron que hubo una pelea. La diferencia estaba en lo que sostenía el fiscal, que consideró que el acusado actuó con la intención de matar y correspondía que lo condenaran a 10 años de prisión por el delito de homicidio simple. La defensa opinó todo lo contrario, afirmó que se trató de algo no deseado y correspondía calificar el hecho como un homicidio culposo, con una pena de 2 años de cárcel.

Juez benévolo

El encargado de juzgar a Eleuterio Saravia fue el entonces juez del Tercer Juzgado Penal, José Enrique Domínguez. El magistrado llegó a la conclusión que la confesión del acusado coincidía con todo lo encontrado en la escena del crimen, además no había testigos presenciales del ataque. Y si bien era evidente que actuó con una violencia desmedida y fueron muchos los golpes a la víctima, no estaba acreditado que existió animosidad para asesinar. Ni siquiera se configuraba el exceso en la legítima defensa, aclaró.

En consonancia con la defensa, le dio crédito a la versión de Saravia y argumentó que “actuó en un estado de hecho de necesidad, no buscado por él y que ponía en situación de peligro inminente a su integridad física, pero excediéndose en los límites…En efecto, accionó justificadamente al repeler el ataque de Rodríguez, pero se excedió”, escribió en su sentencia.

El veredicto se conoció el 15 de septiembre de 1983. Como atenuantes, valoró la falta de antecedentes penales de Saravia, su confesión, el escasos nivel educativo y el medio social en el que vivía. Como agravantes, la peligrosidad demostrada en su accionar. Al final de cuentas, sólo lo castigó a 3 años de cárcel por el delito de homicidio culposo. O sea, por una muerte accidental.

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