Historias del Crimen

Una pelea de pareja y un crimen en defensa propia en Concepción

La violenta relación de dos jóvenes tuvo un desenlace fatal una mañana de agosto de 2000. La chica mató a su novio. La condenaron, pero atenuaron la pena.
domingo, 13 de septiembre de 2020 · 10:05

Fue una pelea más, de las tantas que ya tenía esa complicada pareja de novios. Pero con un condimento que hizo explosivo el encuentro esa mañana en una casa de la calle Pedro Echague, en Concepción.  Ella venía de un baile, algo alcoholizada. Y él dormía en ese momento con otra chica. Estaba dicho que la discusión no iba terminar bien. Los gritos, el forcejeo y los golpes fueron la antesala de un final inesperados para ambos esa mañana del 13 de agosto de 2.000.

Aquel fue un típico caso de un asesinato no buscado y calificado como en defensa propia.  Porque María no tuvo la intención de acabar con la vida de su novio en ese entonces, Pablo Gardella. Un joven peluquero que, estando herido, le besó la frente y le dijo: “todo va a pasar…Te amo”, según la causa.

Hacía más de un año que eran novios, pero tenían una relación a veces tormentosa por las continuas discusiones. Potenciadas, además, por sus temperamentos, la vida nocturna y sus excesos. El muchacho era adicto a las drogas.

Su lugar de encuentro era una casa de la calle Pedro Echague, cerca de Salta, en la capital sanjuanina. Una vivienda que utilizaban para pasar la noche y hacer juntadas con sus amigos.

Los conflictos de pareja parece que llegaron al límite que prometieron distanciarse en los primeros días de agosto, pero igual se llamaban. La chica declaró que en esos días Pablo la citó y la amenazó. Ella también se sentía confundida, quizás presionada y la vez con ganas de verlo. Pero la vida debía seguir. Así que fue la madrugada del 13 de agosto de 2.000, María salió con una amiga a bailar. Dicen que se divirtieron en una bailanta, bebieron y la otra chica hasta se tomó a golpes a la salida.

María no dejó de pensar en Pablo esa noche y se le puso en la cabeza ir buscarlo. Estaba enojada y se propuso tener una última charla con él para poner fin a la relación. También sospechaba que estaba con otra mujer, eso la enfurecía más.

Una mala decisión

Después de dejar a su amiga, ya con las primeras luces del día, la joven llamó a un remisero conocido. Pidió que la llevara hasta la casa de calle Pedro Echague. Se estima que eran la 7 de la mañana cuando entró a esa vivienda. Ahí empezaron los insultos. Pablo Gardella se encontraba durmiendo con una chica de nombre Pamela.

El muchacho se levantó desnudo y agarró María para impedir que golpeara a su amante. Todo se tornó violento. Esa otra joven optó por cambiarse y salir. María le decía que no se fuera, que se quedara. Es que, aparentemente, pensaba que, si la dejaba sola, Pablo la golpearía. Por su parte, para evitar más escándalo, él pedía a Pamela que llamara a la Policía.

La joven caminó hasta la calle y le dijo al remisero, que aguardaba afuera, que llamara a la Policía porque que la pareja estaba peleando dentro de la casa. Mientras tanto, Pablo y María forcejeaban y gritaban en el patio delantero de la propiedad. Un vecino se asomó a través de la medianera y vio que el muchacho tenía sujetada a su novia, que ésta exigía que la dejara marcharse. Segundos más tarde, ambos entraron a la casa.

Más que calmarse, la situación empeoró.  La pelea continuó sobre un colchón en el piso. María permanecía boca arriba, con Pablo sentado arriba suyo tratando de dominarla. La misma chica declaró que en esos instantes él comenzó a pegarle. Para defenderse, ella tomó una botella vacía de Pronto y lo golpeó en la frente. Después soltó el envase de vidrio, pensando que éste se tranquilizaría. Pero no, el muchacho reaccionó con furia y la agarró del cuello como intentando estrangularla, según la reconstrucción. En su desesperación, María alcanzó a manotear un cuchillo que estaba tirado en el suelo y el dio un puntazo a la altura del tórax.

El último adiós

Ahí, él la soltó. La chica relató que Pablo besó su frente y le dijo “todo va a pasar…Te amo”. En ese instante ella lo sacó de encima y salió desorientada de la casa, caminó rumbo a la esquina y se sentó en el cordón sin saber qué hacer. Supuestamente Pablo logró ponerse el pantalón con la idea de salir a buscar ayuda. No le dieron las fuerzas, llegó hasta el patio delantero y se desplomó ensangrentado. Minutos más tarde llegó una patrulla policial y encontró a María en la esquina. Pablo Gardella estaba tendido dentro de la propiedad y no pudieron salvar su vida.

María, que en ese entonces tenía 25 años, quedó detenida acusada de homicidio simple. En diciembre de 2001 fue juzgada en la Sala II de la Cámara en lo Penal y Correccional. Los abogados César Jofré y Mohamed Nasser Uzair basaron la defensa de la chica en el argumento de que ésta actuó en defensa propia y pidieron la absolución. La fiscal de cámara Alicia Esquivel insistió en que se trató de un homicidio simple. Es más, sostuvo que la joven acuchilló a Gardella cuando éste estaba de pie poniéndose el pantalón.

El informe médico que certificó los lesiones que presentaba la joven y las marcas en el cuello, respaldaron su relato y dio sustento a su versión de cómo se desencadenaron los hechos. Es decir, que estaba siendo golpeada y que la víctima la ahorcaba en el momento que ella le aplicó ese mortal puntazo.

El tribunal interpretó que María no tenía intención de matar a Pablo. Esa mañana, la idea de la joven era hablar con su novio durante unos minutos y retirarse, por eso le dijo al remisero que la esperara en la calle. Su llegada allí fue algo circunstancial, venía de un baile. Y no llevaba ningún arma, eso declaró la otra chica que la vio arribar al lugar antes que se desatara la pelea. Además, el cuchillo estaba dentro de la casa.

Con un voto en disidencia, los jueces resolvieron condenar a María, pero por el delito de homicidio en exceso en la legítima defensa. La pena fue de 4 años de prisión. Ella continuó alojada en el penal de Chimbas por varios meses más hasta que obtuvo los permisos de salidas transitorias y luego la libertad condicional. Hoy lleva una vida normal, pero carga con el recuerdo de esa muerte.

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