Historias del crimen

El caso del albañil de Chimbas que acribilló a balazos al suegro por violador

La víctima abusaba de su hija mayor, pareja del obrero de la construcción. Una noche éste último sacó su arma y atacó al padre de su mujer en la cama. Sucedió en 1995. Fue juzgado pero recibió una pena leve.
domingo, 14 de junio de 2020 · 09:12

Era de madrugada. Todos dormían, menos Juan que se levantó entre penumbras y caminó nervioso hasta la cama de su suegro. De seguro lo miró fijamente, quizás calculó sus movimientos y también la puntería. Y en medio del silencio de la noche, gatilló una y otra vez su revólver como escupiendo en cada bala todo el odio guardado. Fueron siete disparos certeros contra la cabeza del padre de su mujer, que no logró siquiera moverse de su cama y se ahogó en sangre.

Mucho se habló de ese asesinato alevoso y desalmado acontecido la madrugada del 17 de noviembre de 1995.  Surgieron conjeturas como que el homicidio había sido el resultado de una fuerte disputa entre Cipriano, el dueño de casa, y Juan, su yerno. Que todo devino como consecuencia del mal carácter del mayor de los hombres. O que había un problema de dinero y otras tantas versiones. Pero lo que reveló el asesinato fue una aterradora historia familiar por un violento y pervertido sexual que sometía a su propia hija, casi a la vista de todos, y que terminó ajusticiado por el concubino de esa chica.

Sin dejar de lado la gravedad del crimen, acá hubo otra verdadera víctima. Esa joven, en aquel entonces de 23 años, que hacía años padecía los aberrantes ultrajes de Cipriano, su padre. Para no revictimizarla, en este relato no se dan los nombres completos de los protagonistas, pero el caso fue resonante en su momento y ocupó grandes espacios en los medios sanjuaninos

.Un maltratador

El único culpable de todo fue ese hombre llamado Cipriano, un ex policía exonerado de la fuerza provincial. Un tipo difícil de mal llevar y todo un patriarca, que tenía dos familias paralelas. Una con su esposa legal, con quien tuvo siete hijos, en un barrio de viviendas del IPV en Chimbas. Y otra con su segunda pareja, madre de sus otros diez hijos, en un rancho de adobe de la antigua Villa General Benavidez, en el margen Norte de la avenida del mismo nombre, entre las calles Mendoza y Tucumán. El hombre se las arreglaba para estar en los dos lugares y hacer valer a la fuerza el rol de jefe del hogar, aunque en 1995 pasaba más días con su pareja extra matrimonial en Villa Benavidez. Allí poseía su taller de reparación de motos y como actividad adicional ponía música en eventos.

El asesinado era un ex policía que fue exonerado de la fuerza.

Ese era Cipriano. Un sujeto de 49 años al que sus hijos le tenían terror por las brutales palizas. Esto último lo testimoniaron en la causa sus dos hijas mayores de la segunda pareja. Una docente también declaró que en varias ocasiones asistió a esas chicas, desde que eran niñas, por los castigos que recibían del padre. Sin embargo, eso no era lo peor. De hacía un tiempo, que pudieron ser años, el hombre abusaba de la mayor de sus hijas –de su segunda mujer-. Y si bien siempre mostraba más predilección por ella frente a sus hermanos, de igual de forma la controlaba, amenazaba y maltrataba físicamente. Su mujer lo denunció en dos oportunidades en la Policía por agredir a la joven.

El hombre consideraba que la chica era suya, casi como una pareja más, y era un secreto a voces en algunos miembros de la familia que éste la sometía sexualmente. Aun así, nada salía de esa casa. La joven buscaba escapar de ese horror. Un día conoció a Juan y se enamoró. Pasado unos meses de noviazgo, fueron a vivir juntos y tuvieron un hijo.

La perversión

Todo eso le trajo problemas con su padre, que siempre se opuso a la relación y hacía lo posible para que volviera a la casa de Villa Benavidez. Después lo consiguió. La obligó a que regresara con la excusa de que estaba muy enfermo y necesitaba que ayudara a su madre y a sus hermanos. La chica aceptó resignada, pero retornó junto a su hijo y su concubino, Juan.

El muchacho, de oficio albañil, desconocía que su pareja sufría abusos por parte del padre. El reconoció que a veces la aconsejaba diciéndole que tuviese paciencia con su padre, que era así por su carácter y también porque ella le contestaba. Pero con los meses no tardó en descubrir lo terrible que era su suegro, que insultaba y humillaba a su mujer en su presencia. Incluso hacía que la pareja durmiera separada y más de una vez Cipriano le exigió a su hija que lo echara.

La familia vivía hacinada en esa precaria casa y todos dormían en una sola habitación. Cipriano dominaba a su hija mayor, al punto que le impuso que durmiera en una cama muy cerca de la suya. Mientras tanto, Juan debía acomodarse en una reposera ubicada a 3 metros de ellos.

La extraña situación que se daba allí adentro de esa casa algún día iba a estallar y sucedió la madrugada del 17 de noviembre de 1995. Cuando todos dormían, Cipriano despertó a su hija mayor y pidió que le rascara la espalda, de acuerdo a la causa. La chica cumplió la orden, en ese instante su papá la tomó del cabello, le tapó la boca y comenzó a abusar de ella.

Noche aterradora

Juan escuchó ruidos y despertó. En eso miró hacia la cama de su suegro y, entre el reflejo de la luz, observó cómo éste violaba a su pareja. Dio la casualidad que su nene se levantó, entonces la chica logró soltarse y agarró al pequeño. En el mismo momento Juan se puso de pie dispuesto a increpar a Cipriano. Este, en vez de intimidarse o sentir vergüenza, no tuvo descaro en decirle: “todavía estas despierto, gorriado…” Y para provocarlo más, le largó: “ya podés irte a dormir, gorriado”, según declaró en la causa el muchacho.

Juan confesó que todo se le nubló y no recordó qué pasó luego. Supuestamente volvieron a acostarse y los que estaban en sus camas siguieron durmiendo. Por el contrario, el albañil supuestamente quedó perturbado y fuera de sí por lo que acababa de ver. Quizás sintió la humillación de la que era objeto su mujer y la suya también, por tanta impotencia. De ahí que sacó su revólver calibre 22 largo y caminó entre penumbras hasta la cama de su suegro. Se supone que se tomó el tiempo para apuntarle bien en la cabeza. En cuestión de segundos lo acribilló a tiros. Tomó conciencia de lo que había hecho cuando observó a su cuñada, que le dijo que su padre ya estaba muerto.

Esa madrugada, Juan fue detenido por los policías de la Seccional 17ma en la misma casa de Villa Benavidez y alojado en un calabozo por el delito de homicidio agravado por la alevosía. El informe forense señaló que el fallecido tenía 7 impactos de bala en el cráneo, de acuerdo a lo consta en el expediente.

El juicio final

En agosto de 1996 fue llevado a juicio en la Sala II de la Cámara en lo Penal y Correccional. Juan, de 33 años, dio un relato desgarrador. No negó su autoría en el asesinato, pero describió la dramática situación vivida y lo perturbado que estaba esa noche. Otro testimonio esclarecedor fue el de su pareja, la hija del fallecido, que contó el sufrimiento que padecía por los constantes abusos y el maltrato de su padre. Su madre también respaldó su testimonio. Lo mismo que una de sus hermanas, que expresó al tribunal que sabía que su papá ultrajaba a su hermana y que en una oportunidad le aconsejó que abandonara la casa para escapar de esos abusos. Esa chica también aseguró que su progenitor intentó propasarse con ella y que, cuando su hermana mayor formó pareja y se mudó a otro lugar, éste le anunció: “ahora, vos vas a ser mi regalona”, anticipándole sus morbosas intenciones. Otra declaración importante fue la de una docente que afirmó que las chicas eran golpeadas desde niñas por Cipriano y que sospechaba que el hombre ultrajaba a su hija mayor, “tenía un trato con ella más de marido, que de un padre”, declaró, según la sentencia.

En un concienzudo análisis, los jueces Ramón Avellaneda, Juan Carlos Peluc Noguera y Félix Herrero Martín llegaron a la conclusión de que Juan tuvo un arranque temperamental y cometió el homicidio en un estado de emoción violenta, además sus referencias eran buenas y no tenía antecedentes. Por otro lado, valoraron las denuncias contra el fallecido por hechos de violencia y los crudos testimonios de dos de sus hijas. “La duda que plantearon en el juico fue por qué tenía el revólver. Y el argumento que dimos fue el acusado compró el arma por seguridad, para proteger a su familia, y porque vivían en una zona por demás peligrosa”, señaló el abogado César Jofré, que defendió a Juan. Recordó que en los alegatos expresó: “darle la libertad a mi cliente  es, seguramente, un acto de estricta justicia. Y dije que mi cliente nunca más volvería a pisar un tribunal porque no era un delincuente, sino que actuó defendiendo a su esposa. Es que era un hombre honesto, un albañil que nunca más volvió a caer preso”

El 16 de agosto de 1996, el tribunal de la Sala II dio su veredicto y condenó a Juan a 2 años de prisión. En otras palabras, lo perdonaron. Como ya llevaba más de un año detenido, recuperó la libertad ese mismo día. Jofré contó que el hombre volvió a vivir con su mujer y rehicieron su vida en otro lugar, pero pasado algunos años se separaron.

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