Atravesando el momento crítico, acá ni nos damos cuenta

Imposible aislarse del “contagio” del AMBA hacia todo el país: por el virus y por la plata. En San Juan estamos viendo otra película, un peligro.
sábado, 1 de agosto de 2020 · 10:26

Si no empeora la situación sanitaria del país en las próximas horas de una manera violenta -algo como saltar de 5.000 casos promedios diarios a 10.000-, se podría suponer estar atravesando el peor momento de la pandemia. Las máximas turbulencias, para luego calmar. La máxima carga, para luego aflojar. Ese sería el lado bueno.

El otro lado, el más cruel, es que a este ritmo sostenido es difícil imaginarse que la situación no desbarranque. ¿Cuántos días más se pueden soportar a un ritmo de 5.000 casos diarios sin que estallen los sistemas de salud, con una cuenta regresiva que en cuentagotas señala el agotamiento de las camas?

Mientras eso ocurre en áreas bien definidas del país con visible epicentro en el AMBA –la nueva manera de designar a la Capital Federal y el Conurbano-, San Juan parece estar asistiendo a otra película: como si nada pasara, la gente circulando sin protección, organizando la vida como lo hacía antes de marzo. Y si para eso hace falta vulnerar alguna disposición, como la veda de reuniones o de fiestas, un mal menor.

Los riesgos de andar bien. Que asombrosamente tienen un costo: esa especie de relajamiento que opera en cualquier veredita sanjuanina, esa peligrosa sensación de estar asistiendo a un drama ajeno, lejano.

Que sobreviene de la privilegiada posición de los sanjuaninos (por ahora y tocando madera, como siempre) que se vive desde se desbarrancó tamaña calamidad sobre la humanidad pero que dejó algunos parajes alejados de las grandes oleadas de dolor, entre ellos esta bendita provincia.

Por lo que sea, pongalé: por misterio, por destino o porque, también, hay varias cosas que se hicieron bien. Por caso, bloquear los ingresos a San Juan por la vía terrestre como no lo hicieron la mayoría de las provincias, en el caso más evidente que es el de los transportistas.

Pero así como se bendice, al otro día puede cambiar. Lo demostró la semana lo que le pasó a La Pampa: hasta el lunes pasado venía siendo la provincia con menor cantidad de casos del país, apenas 9, y hoy ya superó los 60 ante un desborde en una de sus ciudades fronterizas.

¿Puede eso ocurrir en San Juan? Por supuesto que sí. Y hasta del mismo modo, porque lo que ocurrió en La Pampa fue que el virus ingresó masivamente primero en General Acha, localidad cercana al límite con Neuquén, una provincia mucho más complicada por la circulación. Luego llegó a la capital Santa Rosa y finalmente impactó de tal manera que este fin de semana la provincia decidió ingresar a fase 1, es decir cuarentena estricta para cortarle las piernas de arranque a la circulación.

San Juan tiene una frontera con Mendoza que recibe gran cantidad de tránsito, producto de lo entrelazadas que son estos dos lugares hermanos y vecinos de Cuyo. Mendoza está pasando los 1.000 casos en estos días, claramente desbordada por la circulación viral, lo que convierte a la frontera de San Carlos en un puesto de lucha, el más importante de la provincia.

Por allí desfilan camiones, particulares dispuestos a pagar la carga de 14 días en cuarentena. Hasta allí, controlable aunque sin garantías absolutas. Las dos fuentes lógicas de un posible ingreso del virus de manera masiva a San Juan es por vía de los camiones o los repatriados, pero en ambos escenarios de batalla San Juan ha ajustado las clavijas.

Lo que no se pueden controlar son los advenedizos de la frontera porosa, como es la de San Juan-Mendoza que tiene senderos alternativos por todos lados y que la desesperación y la irresponsabilidad convierten en vías de ida y vuelta que ponen en riesgo a toda una comunidad. La nuestra.

Pero el mayor riesgo para todo el país es lo que ocurre en el AMBA. Lo que, por el sobrevuelo de una mirada geográfica cualquiera podría definir como un foco localizado y circunscripto a un lugar determinado, en realidad es un problema para todo el país.

El defectuoso diseño del país que trajeron las dos centurias de historia nacional, en el que todo confluye en Buenos Aires, nace y muere allí, hace imposible para el paraje más remoto evitar el efecto contagio de lo que allí ocurre. Del mismo modo que en un pueblito de Jáchal su gente se sienta a la TV para ver el clima porteño y contemplar cuán abarrotada está la Panamericana, cualquier nacional padece la consecuencia de que toda vía de comunicación, ruta, autopista, vuelo, gestión económica, trámite político, opinólogo por noticiero, panel de la TV, espectáculo, deporte o lo que sea, tenga epicentro excluyente en el AMBA. Con el Covid también.

Peor aún, también ocurre con el dinero con el que sostienen las provincias, eso de la absoluta dependencia de Buenos Aires. O del puerto, como ocurría en los tiempos post-coloniales, que originaron las luchas intestinas nacionales, décadas de batallas y peleas, para caer en un sistema parecido, aunque más moderno.

Lo es la coparticipación: el grueso de lo que se recauda son impuestos nacionales como IVA y Ganancias, que luego se devuelven a las provincias por el índice que tienen asignado, previo retención nacional para el funcionamiento del estado “federal”.

Pero el grueso de esos impuestos que se recaudan lo hacen en el AMBA, nuevamente por el discrecional y fatídico diseño de país: Todas las grandes compañías nacionales que operan en todo el país tienen su sede central en AMBA, por lo que tributan esos impuestos en esa jurisdicción, todas las multinacionales que funcionan en el país también, para agregar a eso que todas las empresas públicas contratan y tienen su actividad en el AMBA, por lo que generan sus impuestos allí.

A extremos ridículos: YPF -una de las mayores compañías nacionales- tiene pozos y actividad geográfica sobre la Cordillera de Mendoza hacia abajo y en la Patagonia, pero su sede central está en Buenos Aires. Volvé Alfonsín, te perdonamos. El ex presidente radical fue un impulsor del traslado de la Capital Federal a Viedma, con la idea de desacoplar las zonas de mayor actividad económica con el polo de desarrollo que es capaz de general la burocracia federal (como Washington o Brasilia), pero debió capitular ante las emergencias económicas de su gestión.

De ese modo, si cae la actividad económica en Buenos Aires, cae proporcionalmente la financiación de las provincias argentinas cualquiera sea. Si cierran los comercios y la administración porteña, se asustan en el Centro Cívico. Aunque la actividad comercial e industrial en la provincia aparezca casi totalmente reabierta, con eso no hay nada que hacer.

No hay mercancía, servicio o actividad que no haga centro en Buenos Aires. Entonces, todo transporta sale o pasa por el AMBA sin excepción. Y al ser esa la zona caliente en cuanto a contagios en todo el país, la interacción de camiones, repatriados o lo que sea termina siempre representando un peligro para los que consiguen mantenerse alejados del virus.

Le pasó a todos los que en algún momento manejaron cifras alentadoras –Formosa, Catamarca, la citada La Pampa- y hoy aparecen en el pelotón complicado. Puede seguir pasando y San Juan está en la sala de espera. Cuidado que está golpeando la puerta, no le vayamos a abrir.

 

 

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